Arequipa es de las pocas ciudades del mundo que tiene su propio pasaporte. Y no es una ocurrencia turística moderna: nació en plena Guerra del Pacífico, cuando la Ciudad Blanca se volvió, por un tiempo, la capital del Perú.
La capital que se mudó al sur
En 1882, Lima estaba ocupada por el ejército chileno. El presidente provisorio Lizardo Montero trasladó el gobierno a Arequipa y, el 31 de agosto de 1882, la declaró capital del Perú.
Mientras Lima siguiera tomada, Arequipa sería la nueva capital y pasaría a llamarse la «República Independiente de Arequipa».
Un pasaporte de verdad (para cazar espías)
El gobierno de Montero no solo se instaló en Arequipa: creó un documento real, el «Pasaporte Diplomático de la República Independiente de Arequipa». Quien salía de la ciudad hacia las zonas ocupadas por el enemigo —o hacia el extranjero— estaba obligado a tramitarlo, previo pago de 3 soles con 70 centavos. La medida era de seguridad: servía para controlar quién entraba y quién salía, y para evitar la infiltración de espías simpatizantes de los chilenos.
El souvenir que firma el cónsul
Hoy ese pasaporte ya no tiene valor legal, pero sí un valor simbólico enorme. Es uno de los souvenirs más pedidos por turistas y locales, y lo firma y sella una sola persona: Willy Galdós, el «cónsul vitalicio de la Ciudad Blanca», que también reparte los famosos characatos de oro, la moneda que —según sus propias palabras— «no se devalúa».
El texto del primer pasaporte-souvenir lo escribió Fredy Castillo Neyra, por encargo de la gerencia de Leche Gloria en Arequipa. Lo que empezó como un obsequio corporativo se volvió parte de la cultura characata.
Arequipa tiene pasaporte propio, y lo firma con orgullo.
Así como Arequipa se hizo una identidad tan propia que hasta tiene pasaporte, un material propio se la da a tu colegio. Esa es, en una línea, la idea detrás de lo que hacemos.
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