Hay una piedra que explica por qué Arequipa se llama la Ciudad Blanca. No es un decir: es el sillar, la roca volcánica blanca con la que están hechos la Catedral, la Compañía, Santa Catalina y las casonas del centro histórico. Y su historia guarda un dato que casi nadie conoce.
¿Qué es el sillar?
El sillar es una ignimbrita: una roca que se forma cuando una erupción volcánica explosiva lanza ceniza, pómez y fragmentos de roca a gran temperatura, que al enfriarse se compactan en capas. Es relativamente liviana y blanda al tallarse, y se endurece con el aire — por eso fue, durante siglos, el material perfecto para construir y esculpir.
De las canteras salieron las portadas talladas como encaje, los arcos, las bóvedas y las columnas que hoy son Patrimonio Mundial de la UNESCO (desde el año 2000).
El dato que desmonta el mito
Muchos creen que el sillar lo produjo el Misti. No es así: el sillar es mucho más viejo que el volcán.
La piedra blanca que brilla en la Plaza de Armas es más antigua que el volcán que la vigila.
El depósito principal se formó hace aproximadamente 1,65 millones de años, mientras que el Misti empezó a formarse hace apenas unos 112.000 años. (Fuente: INGEMMET, el Instituto Geológico Minero y Metalúrgico del Perú.)
De dónde sale
La Ruta del Sillar lleva hasta las canteras de Añashuayco, en el distrito de Cerro Colorado. Ahí, paredes enteras de roca pálida muestran de dónde nace la Ciudad Blanca, y se puede ver trabajar a los canteros — los maestros que extraen y tallan el sillar a mano.
Ese oficio no es cualquier oficio: en 2014, el Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación los conocimientos y técnicas del labrado del sillar. Y hay evidencia de su uso desde la época preinca (Wari), siglos antes de que los españoles fundaran Arequipa en 1540.
Hoy trabajan ahí unos 500 canteros — hombres de 21 a 80 años — que heredaron el oficio de padres a hijos. Sus herramientas — la barreta, la comba, los cinceles y los escantillones — se siguen fabricando a mano, como hace siglos. Un cantero experto tarda entre diez y quince días en sacar una «tarea»: doscientos bloques de sillar, el mismo formato con el que se levantó la catedral.
El primer cantero con nombre propio del que hay registro es Toribio de Alcaraz: en 1544, apenas cuatro años después de la fundación, diseñó los portales del templo mayor de la ciudad. La Ciudad Blanca fue, desde el primer día, obra de canteros.
Una ciudad que aprendió de los terremotos
Arequipa no se volvió «de sillar» de la noche a la mañana. Las primeras construcciones usaban adobe y piedra. El terremoto de 1582 cambió todo: empujó una construcción más antisísmica —muros gruesos, arcos, bóvedas, contrafuertes— y el sillar, abundante y fácil de labrar, se volvió el material que define la ciudad.
Así nació el barroco mestizo arequipeño: formas europeas enriquecidas por manos indígenas, con flores, aves y rostros tallados en la piedra blanca. Es la firma de Arequipa.
Arequipa es de sillar, y su historia se cuenta con orgullo.
Así como el sillar le dio a Arequipa una identidad que nadie confunde, un material propio se la da a tu colegio. Esa es, en una línea, la idea detrás de lo que hacemos.
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